Casa desolada
Casa desolada —Sir Leicester Dedlock, Baronet —lee pensativo el señor George—. ¡Ah! «Mansión de Chesney Wold». ¡Jem! —y el señor George se queda mirando largo rato las cajas, como si fueran cuadros, y vuelve hacia la chimenea, repitiendo—: Sir Leicester Dedlock y Mansión de Chesney Wold, ¿eh?
—¡Tiene una fortuna, señor George! —murmura el Abuelo Smallweed, que se frota las piernas—. ¡Es riquÃsimo!
—¿De quién habla? ¿De este viejo o del baronet?
—De este caballero, de este caballero.
—Eso me han dicho, y también que sabe algunas cosillas, apuesto. Tampoco está mal el acuartelamiento —comenta el señor George, echando otra mirada—. ¡Mire esa caja fuerte!
La respuesta queda abortada por la llegada del señor Tulkinghorn. Naturalmente, no ha cambiado en nada. Va vestido con su ropa descolorida de siempre, lleva las gafas en la mano y hasta el estuche de éstas está raÃdo. Sus modales son furtivos y secos. Su voz, ronca y baja. Su rostro, observador tras una persiana, como es habitual en él, no carente de un gesto de censura y quizá de desprecio. Es posible que la nobleza tenga adoradores más fervientes y creyentes más fieles que el señor Tulkinghorn, después de todo, si todo se pudiera saber.