Casa desolada

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—¡Bueno! —murmuró el chico—, pues no será ella.

—He venido a ver si podía hacer algo —dije yo—. ¿Qué te pasa?

—Me hielo —respondió él con voz ronca, contemplándome con ojos desencajados— y luego ardo de calor, y luego me hielo, y luego ardo, y así muchas veces en una hora. Y tengo mucho sueño, y es como si me golviera loco… y tengo mucha sed… y es como si me dolieran todos los güesos.

—¿Cuándo ha llegado? —pregunté a la mujer.

—Esta mañana, señora. Le encontré en una esquina del pueblo. Le conocí cuando estuvimos en Londres. ¿Verdad, Jo?

—En Tomsolo —respondió el muchacho.

Cada vez que fijaba la atención o la vista, le duraba sólo un momento. Luego volvía a bajar la cabeza, que se le caía pesadamente, y hablaba como si sólo estuviera despierto a medias.

—¿Cuándo salió de Londres? —pregunté.

—Salí de Londres ayer —dijo el propio chico, que ahora estaba encendido y sudaba—. Voy a un sitio.

—¿Adónde va? —continué preguntando.


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