Cuentos de Navidad

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—Sí, Alfred.

—Y todas las cartas que te ha escrito desde entonces.

—Excepto la última, hace unos meses, en la que hablaba de ti, y de lo que tú sabías ya, y de lo que yo iba a saber esta noche.

Él miró el sol, que descendía rápidamente, y comentó que la hora acordada era el atardecer.

—¡Alfred! —exclamó Grace muy seria, poniéndole una mano en el hombro—, hay algo en esta carta, esta carta antigua, la que dices que leo tantas veces, que nunca te he contado. Pero esta noche, querido esposo, con ese atardecer aproximándose y con la sensación de que toda nuestra vida se sosiega y se acalla con el día que se va, no puedo seguir manteniéndolo en secreto.

—¿De qué se trata, amor?

—Cuando Marion se fue, me escribió que en una ocasión me habías encomendado su sagrada tutela, y que en ese momento ella dejaba en mis manos la tuya, Alfred, rogándome y suplicándome que, como yo la quería y te quería a ti, no rechazase el cariño que ella creía (sabía, dijo) me profesarías como se lo habías profesado a ella cuando la herida recién abierta cicatrizase, sino que lo fomentase y lo correspondiese.

—Y que hicieses de mí un hombre orgulloso y feliz de nuevo, Grace. ¿Dijo eso?


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