Cuentos de Navidad

Cuentos de Navidad

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—¡Oh, Grace, querida Grace! —prosiguió Marion, aferrándose aún con mayor ternura y cariño a aquel pecho del que tanto tiempo había estado alejada—, si no fueses una esposa y una madre feliz (si no tuviese yo aquí una tocaya), si Alfred, mi amable hermano, no fuese tu amante esposo…, ¿de qué se derivaría el arrobo que siento esta noche? Pero, tal como me fui de aquí, regreso. Mi corazón no ha conocido otro amor, mi mano nunca se lo ha entregado a otro; sigo siendo tu hermana doncella, soltera y sin compromiso, ¡tu afectuosa Marion de antaño, en cuyo amor tú y solo tú existes, Grace!

Grace la entendió entonces. Su rostro se relajó, los sollozos acudieron para aliviarla y, hundiéndose en su cuello, lloró y lloró, y la acarició como si volviese a ser una niña.

Cuando se recobraron un poco, vieron que el doctor y su hermana, la buena tía Martha, se encontraban de pie a su lado, junto con Alfred.

—Este es un día aciago para mí —dijo la buena tía Martha, sonriendo a través de las lágrimas mientras abrazaba a sus sobrinas—, pues he perdido a mi querida compañera para haceros felices a todos, ¿y qué podéis darme a cambio de mi Marion?

—Un hermano converso —dijo el doctor.

—Ya es algo, sin duda —replicó tía Martha—, en una farsa como…


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