Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad —Porque, señora —prosiguió él, tirándole de la manga—, se da la circunstancia de que aquella noche ambos conocÃamos secretos que optamos por no desvelar, y ambos conocÃamos exactamente lo mismo, en un plano profesional. De modo que cuanto menos opine de tales asuntos tanto mejor, señora Snitchey, y tómese esto como una advertencia para que su mirada sea más prudente y caritativa en futuras ocasiones. Señorita Marion, he traÃdo conmigo a una amiga suya. ¡Acérquese, señora!
La pobre Clemency, cubriéndose los ojos con el delantal, se acercó lentamente acompañada por su esposo, este último acongojado por el presentimiento de que, si ella se abandonaba al dolor, eso serÃa el fin de El Rallador de Nuez Moscada.
—Y bien, señora —dijo el abogado, deteniendo a Marion cuando corrÃa hacia ella e interponiéndose entre ambas—, ¿se puede saber qué le ocurre?
—¡Que qué me ocurre! —gritó la pobre Clemency.