Cuentos de Navidad
Cuentos de Navidad Cuando al alzar la mirada, asombrada, para protestar indignada y con la emoción añadida del tremendo rugido que había proferido el señor Britain, vio ante sí aquella dulce cara que tan bien recordaba, la escrutó, sollozó, rió, lloró, chilló y la abrazó, la estrechó con fuerza, la soltó, se lanzó sobre el señor Snitchey y lo abrazó —para gran indignación de la señora Snitchey—, se lanzó sobre el doctor y lo abrazó, se lanzó sobre el señor Britain y lo abrazó, y acabó abrazándose a sí misma, echándose el delantal sobre la cabeza y cediendo a un incontenible e histérico arrebato de risa.
Un desconocido había entrado en el huerto detrás del señor Snitchey y se había mantenido aparte, cerca de la cancela, sin que nadie del grupo reparase en él, pues poca era la atención que les quedaba por ofrecer, y esta había quedado monopolizada por las muestras de exultación de Clemency. Parecía no desear que lo vieran, pues se quedó solo, con la mirada gacha, y desprendía un aire de desánimo —si bien era un caballero de gallarda apariencia— que la felicidad general hacía aún más notable.