David Copperfield
David Copperfield Se dirigieron de nuevo al gabinete, pues, desde el funeral de mi padre, la chimenea de la sala principal, al otro lado del pasillo, no se habÃa vuelto a encender; cuando tomaron asiento, la señorita Betsey guardó silencio y mi madre, tras intentar dominarse en vano, rompió a llorar.
–¡Vamos, vamos! –se apresuró a exclamar la recién llegada–. ¡No llore más!
Mi madre, sin embargo, incapaz de contenerse, continuó sollozando hasta agotar las lágrimas.
–QuÃtese la cofia, muchacha –le pidió la señorita Betsey–, deje que la vea.
Aunque no se hubiera sentido inclinada a ello, mi madre tenÃa demasiado miedo de la señorita Trotwood para desestimar su extraña petición. Por ese motivo, obedeció; pero las manos le temblaban tanto que sus cabellos, hermosos y abundantes, cayeron sobre su rostro.
–¡Santo Cielo! –exclamó la señorita Betsey–. ¡Si no es usted más que una niña!