David Copperfield
David Copperfield Mi madre parecía, sin duda, menor de lo que era; la pobre bajó la cabeza, como si fuera culpa suya, y contestó entre sollozos que, en efecto, temía ser una viuda y una madre demasiado joven, si conseguía sobrevivir. Durante el breve silencio que siguió a sus palabras, tuvo la sensación de que la señorita Betsey acariciaba sus cabellos con cierta ternura; pero, al dirigirle una mirada tímida y esperanzada, la vio sentada con las faldas recogidas, las manos enlazadas sobre una rodilla y los pies apoyados en la pantalla de la chimenea, mientras contemplaba el fuego con el ceño fruncido.
–¡En nombre de Dios! –dijo de pronto la señorita Betsey–. ¿Por qué Rookery?[3]
–¿Se refiere al nombre de la casa, señora? –preguntó mi madre.
–¿Por qué Rookery? –repitió la recién llegada–. Cookery[4] habría sido mucho más apropiado. Si alguno de los dos hubiera tenido un poco de sentido práctico…
–El señor Copperfield fue quien eligió el nombre –repuso mi madre–. Cuando compró la finca, le gustaba pensar que había grajos en los alrededores.