David Copperfield
David Copperfield En aquellos momentos, el viento del atardecer empezó a soplar con tanta fuerza entre los viejos olmos del fondo del jardÃn que ni mi madre ni la señorita Betsey pudieron evitar mirarlos. Los olmos se inclinaban los unos hacia los otros, cual gigantes que se susurraran secretos, y, tras unos segundos de quietud, agitaban sus brazos con violencia, como si aquellas revelaciones fueran demasiado terribles para el sosiego de sus conciencias; y, en las ramas más altas, algunos viejos nidos de grajo, destrozados por el azote del viento, se balanceaban como restos de un naufragio en un mar embravecido.
–¿Dónde están los pájaros? –inquirió la señorita Betsey.
–¿Los…?
Mi madre estaba pensando en otra cosa.
–Los grajos, ¿qué ha sido de ellos? –repitió su visitante.
–Desde que nos instalamos aquÃ, no hemos visto ninguno –afirmó mi madre–. CreÃamos… es decir, el señor Copperfield creÃa que habÃa muchos, pero los nidos eran muy antiguos y los pájaros los habÃan abandonado hace mucho tiempo.
–¡Qué tÃpico de mi sobrino! –exclamó la señorita Betsey–. ¡David Copperfield de la cabeza a los pies! Llama Rookery a su casa cuando no hay ni un solo grajo en los alrededores, y da por sentado que hay pájaros porque ve nidos…