David Copperfield
David Copperfield –El señor Copperfield ha muerto –le interrumpió mi madre–, y si se atreve a hablar mal de él en mi presencia…
Supongo que sintió el deseo repentino de lanzarse contra mi tÃa, que habrÃa podido librarse de ella con una sola mano, incluso aunque mi pobre madre hubiera estado mejor entrenada que entonces para un combate. Pero el esfuerzo de levantarse de la silla fue demasiado para ella; volvió a sentarse dócilmente y cayó desvanecida.
Cuando volvió en sÃ, o cuando la señorita Betsey logró que recuperara el conocimiento, mi madre vio a esta última de pie junto a la ventana. Las sombras del crepúsculo habÃan dado paso a la oscuridad; de no haber sido por el resplandor de la chimenea, apenas habrÃan podido distinguirse.
–¿Y bien? –preguntó la señorita Betsey, mientras regresaba a su silla como si se hubiera limitado a echar una ojeada al paisaje–. ¿Para cuándo espera…?
–Estoy muy asustada –aseguró mi madre con voz temblorosa–. No sé qué me ocurre. Tengo el convencimiento de que voy a morir.
–No, no, de ningún modo –exclamó la señorita Betsey–. Tome un poco de té.
–¡Ay de mÃ! ¿Cree usted que me sentará bien? –sollozó mi madre con aire desvalido.