David Copperfield
David Copperfield –¡Naturalmente que sÃ! –afirmó la señorita Betsey–. No son más que imaginaciones suyas. ¿Cómo llama a la muchacha?
–TodavÃa ignoro si será una niña, señora –respondió mi madre con inocencia.
–¡Bendita sea, criatura! –dijo la señorita Betsey, repitiendo inconscientemente la segunda frase bordada en el alfiletero del cajón del piso superior, aunque aplicándosela a mi madre en lugar de a mÖ. No me referÃa a eso, sino a su criada.
–Peggotty –contestó mi madre.
–¡Peggotty! –exclamó la señorita Betsey con cierto enojo–. ¿Acaso quiere hacerme creer, pequeña, que un cristiano puede haber sido bautizado con ese nombre?
–Se trata de su apellido –dijo mi madre con voz débil–. El señor Copperfield la llamaba asà porque las dos tenemos el mismo nombre.
–¡Peggotty! –vociferó la señorita Betsey, abriendo la puerta del gabinete–. Traiga el té. Su señora se encuentra algo indispuesta. Vamos, vamos, apresúrese.