David Copperfield
David Copperfield Después de dar esa orden con la misma contundencia que si hubiera sido una autoridad indiscutible en la casa desde el momento de su construcción, y de clavar su mirada en la asombrada Peggotty, que avanzaba por el pasillo con una vela, sorprendida por el sonido de aquella extraña voz, la señorita Betsey volvió a cerrar la puerta y a sentarse como antes: con los pies apoyados en la pantalla de la chimenea, las faldas remangadas y las manos enlazadas sobre una rodilla.
–Ha dicho usted que no sabe si será niña –afirmó la señorita Betsey–. Estoy segura de que sÃ; tengo ese presentimiento. Pues bien, querida, desde el momento en que nazca…
–Es posible que sea un niño –se atrevió a insinuar mi madre.
–Ya le he dicho que tengo el presentimiento de que será una niña –respondió la señorita Betsey–. No me contradiga. Desde el momento en que nazca, quiero ser su amiga. Tengo la intención de convertirme en su madrina y le ruego que la llame Betsey Trotwood Copperfield. No habrá equivocaciones en la vida de esta Betsey Trotwood. Nadie jugará con sus sentimientos, pobre pequeña. Recibirá una buena educación y nos encargaremos de que no deposite su ingenua confianza en quien no la merezca. Yo me ocuparé de ello.