David Copperfield

David Copperfield

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Y mi madre se llevó un susto tan grande al verla que siempre he estado convencido de que la señorita Betsey fue la causante de que yo naciera un viernes.

El nerviosismo había empujado a mi madre a levantarse de la silla y a colocarse tras ésta en un rincón. La señorita Betsey miró lentamente por toda la estancia, con aire inquisitivo, moviendo los ojos como una cabeza de sarraceno de un reloj holandés hasta que la vio. Frunció entonces el ceño y le ordenó con el ademán de alguien acostumbrado a mandar que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.

Supongo que es usted la señora de David Copperfield –exclamó la señorita Betsey; y quizá lo dijera con cierto énfasis al ver la ropa de luto y el estado de mi madre.

–En efecto –respondió ésta débilmente.

–Soy la señorita Trotwood –afirmó la recién llegada–. Imagino que ha oído hablar de ella.

Mi madre repuso que había tenido ese placer; tuvo, sin embargo, la desagradable sensación de que sus palabras habían dejado entrever que éste no había sido demasiado intenso.

–Pues ahora la conoce personalmente –dijo la señorita Betsey.

Mi madre inclinó la cabeza y le rogó que entrara.


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