David Copperfield

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Le respondí, con todo el respeto que debía a su experiencia (aunque me temo que mi deferencia era aún mayor por tratarse del padre de Dora), que me parecía bastante absurdo que los archivos de ese tribunal, que guardaban los testamentos originales de todas las personas que habían legado sus bienes en la extensa provincia de Canterbury durante tres siglos, estuvieran en un edificio que no había sido construido con ese propósito y que los registradores habían alquilado con afán de lucro; un lugar inseguro, sin protección contra los incendios, abarrotado de documentos importantes y convertido, desde el tejado hasta el sótano, en un negocio mercenario de los registradores, que cobraban importantes sumas al público y amontonaban los testamentos de cualquier modo y en cualquier lugar, con el único fin de desembarazarse de ellos por poco dinero. Le dije que tal vez era poco razonable que esos registradores, cuyos beneficios ascendían a ocho o nueve mil libras anuales (por no hablar de los beneficios de sus suplentes y de sus secretarios) no fueran obligados a invertir una pequeña parte de ese dinero en encontrar un lugar razonablemente seguro donde almacenar los importantes documentos que gentes de toda clase y condición tenían que entregarles, quisieran o no. Añadí que quizá era un poco injusto que todos los grandes cargos de aquella gran oficina fuesen magníficas sinecuras, mientras que los infortunados escribientes que trabajaban en la sala oscura y fría del piso superior eran los hombres peor pagados y peor considerados de Londres, a pesar de los importantes servicios que prestaban. Y que tal vez resultaba un poco indecoroso que el primer registrador, cuyo deber era ocuparse del público que continuamente acudía, gozara de toda clase de privilegios por ocupar ese puesto (que no le impedía ser clérigo, desempeñar más de un cargo eclesiástico, tener un sitial en la catedral, o lo que quisiera), mientras el público sufría toda clase de incomodidades, y algunas de ellas terriblemente injustas, como todos podíamos ver a primera hora de la tarde, cuando la oficina se llenaba. Y que quizá, para decirlo en pocas palabras, la organización de esa Oficina de Prerrogativas de la diócesis de Canterbury era tan nefasta, perniciosa y absurda que, de no haber estado medio escondida en un rincón del cementerio de Saint Paul que casi nadie conocía, habría tenido que cambiarse por completo mucho tiempo atrás.


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