David Copperfield
David Copperfield Esto me recuerda que no sólo esperaba a Traddles una tarde en que éste me había anunciado su visita, sino que la señora Crupp había renunciado a todas sus funciones (excepto al salario) hasta que Peggotty dejara de venir. La señora Crupp, después de tocar varias veces el tema en el descansillo, a voz en grito –con un familiar invisible, pues físicamente hablando se encontraba sola– me dirigió una carta donde exponía su parecer. Empezaba con esa afirmación universal que aplicaba a cualquier circunstancia de su vida: que ella también era madre. Luego pasaba a informarme de que había conocido tiempos mejores, pero que siempre había detestado a los espías, a los intrusos y a los chismosos. No nombraba a nadie, decía en su carta; que cada cual asumiera sus responsabilidades. Con todo, a los que más despreciaba era a los que vestían ropa de viuda (subrayaba estas palabras). Si un caballero era víctima de los espías, intrusos y chismosos (seguía sin mencionar a nadie), allá él. Estaba en su derecho. Lo único que ella, la señora Crupp, pedía era que no la «pusieran en contacto» con semejantes personas. Por ese motivo, me rogaba que la eximiera de cualquier servicio en el piso superior hasta que las cosas volvieran a la normalidad, lo que era muy deseable; y añadía que su pequeño cuaderno estaría todos los sábados por la mañana en la mesa del desayuno, y que confiaba en que yo saldase inmediatamente mis deudas, con la noble intención de evitar molestias e «incomodidades» a ambas partes.