David Copperfield

David Copperfield

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–Fue… realmente duro –señaló Traddles, con el gesto de dolor con que acompañaba siempre esta frase–. Y no pretendo culpar a nadie; si me quejo es por un motivo. El caso, Copperfield, es que no pude volver a comprar mis cosas en el momento del embargo; en primer lugar, porque el agente judicial se dio cuenta de mi interés y pidió por ellas un precio desorbitado, y en segundo lugar, porque no tenía dinero. Pero, desde entonces, vigilo estrechamente el almacén donde las han guardado –prosiguió mi amigo, orgulloso de su secreto–, al final de Tottenham Court Road, y hoy, por fin, he visto que salían a la venta. Me he contentado con mirarlas desde el otro lado de la calle, pues si el agente judicial advirtiese mi presencia ¡pediría cualquier precio! Como ahora tengo dinero, he pensado que quizá no te importe pedirle a tu querida niñera que me acompañe a la tienda. Se la enseñaré desde la esquina más cercana… para que las compre lo más barato posible, como si fuesen para ella.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo es la alegría con que Traddles me propuso aquel plan, convencido de que su astucia era extraordinaria.

Le aseguré que mi vieja niñera estaría encantada de ayudarle y que los tres entraríamos en campaña, aunque con una condición: tenía que prometerme solemnemente que no volvería a concederle ningún préstamo al señor Micawber.


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