David Copperfield

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El señor Dick parecía tan dichoso, sentado a los pies de la cama, balanceando una pierna y contándome todo aquello, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de sorpresa, que me sentí empujado a explicarle –lamento reconocerlo– que la ruina significaba miseria, necesidades y privaciones; pero no tardé en arrepentirme de mi crudeza cuando su rostro palideció y las lágrimas corrieron por sus largas mejillas, mientras me miraba de un modo tan indeciblemente triste que habría sido capaz de ablandar un corazón mucho más duro que el mío. Fue más difícil para mí consolarlo de nuevo de lo que había sido robarle la alegría; y pronto comprendí (como debía haber hecho desde el principio) que su tranquilidad no había sido sino el reflejo de su fe en la más sabia y maravillosa de las mujeres, y de su confianza ilimitada en los recursos de mi intelecto. Creo que, para él, estos últimos podían hacer frente a cualquier desastre que no fuera absolutamente mortal.

–¿Qué podemos hacer, Trotwood? –dijo el señor Dick–. Tenemos el memorial…

–Por supuesto –le contesté–. Sin embargo, señor Dick, lo único que podemos hacer por ahora es poner buena cara y no dejar que mi tía advierta nuestra preocupación.


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