David Copperfield

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Aquella radiante sonrisa que jamás había contemplado en ningún otro semblante se apagó mientras yo seguía admirando su bondad y recordando lo familiar que había sido en otro tiempo para mí; y Agnes me preguntó, cambiando bruscamente de expresión (estábamos muy cerca de casa), si sabía en qué circunstancias había perdido mi tía su fortuna. Cuando le respondí que todavía no me había contado los detalles, Agnes se quedó pensativa; y tuve la sensación de que su brazo temblaba bajo el mío.

Encontramos a mi tía sola y bastante alterada. Había surgido cierta diferencia de opiniones entre ella y la señora Crupp sobre una cuestión abstracta (la conveniencia de que el sexo débil residiera en unas habitaciones de soltero); y mi tía, completamente indiferente a los espasmos de la señora Crupp, había cortado de forma tajante la discusión, diciendo a dicha dama que olía a mi coñac y rogándole que saliera de allí. La señora Crupp consideró ambas expresiones insultantes, y había expresado su intención de llevarla ante un jurado británico[74]…, lo que supongo que significaría llevarlas ante el bastión de nuestras libertades nacionales.




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