David Copperfield

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Mi tía, sin embargo, había tenido tiempo de calmarse mientras Peggotty enseñaba al señor Dick la Guardia Real Montada; además, se alegró mucho de ver a Agnes y, vanagloriándose casi de su disputa, nos recibió de un humor excelente. Cuando Agnes dejó su sombrero encima de la mesa y se sentó junto a ella, no pude evitar pensar, viendo su mirada serena y su frente luminosa, lo natural que resultaba tenerla allí; cuán ciegamente confiaba en ella mi tía, a pesar de su juventud e inexperiencia; y la fuerza que le daban su sinceridad y su cariño.

Empezamos a hablar de las pérdidas de mi tía, y yo les conté lo que había tratado de hacer aquella mañana.

–Has sido muy poco juicioso, Trot –exclamó mi tía–, aunque tu intención era buena. Eres un muchacho generoso (aunque supongo que ya debería considerarte todo un hombre) y estoy orgullosa de ti, querido. En ese aspecto, todo va bien. Y ahora, Trot y Agnes, examinemos de frente el caso de Betsey Trotwood y veamos cuál es su situación.

Me di cuenta de que Agnes palidecía y clavaba sus ojos en mi tía. Esta última, acariciando su gato, miró a la joven con idéntica atención.


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