David Copperfield
David Copperfield –Betsey Trotwood –dijo mi tÃa, que siempre habÃa guardado para sà los asuntos monetarios–, y no me refiero a tu hermana, querido Trot, sino a mà misma, tenÃa una pequeña fortuna. Poco importa saber a cuánto ascendÃa; lo suficiente para vivir. E incluso más, pues habÃa conseguido ahorrar algo, incrementando asà su capital. Durante algún tiempo, Betsey tuvo su dinero en fondos del Estado; pero después, siguiendo los consejos de su gestor de negocios, lo invirtió en créditos hipotecarios. La idea fue un éxito y le reportó considerables beneficios, hasta que las hipotecas fueron levantadas y le devolvieron el dinero. Estoy hablando de Betsey como si fuera un buque de guerra. ¡Bien! Entonces Betsey se vio obligada a buscar un nuevo lugar donde invertir su capital. Pensó que sabÃa más del asunto que su gestor de negocios, que no seguÃa tan lúcido como en otros tiempos –me refiero a tu padre, Agnes– y decidió administrar personalmente su fortuna. De modo que se llevó sus cerdos a un mercado extranjero –prosiguió mi tÃa–; y el resultado fue desastroso. Primero perdió dinero en el negocio de las minas y después, tratando de recuperar tesoros del fondo del mar y otras locuras por el estilo –explicó mi tÃa, frotándose la nariz–; y entonces volvió a perder en el negocio de las minas y, finalmente, para arreglar las cosas, se quedó sin lo que habÃa invertido en el banco. Desconozco el valor que tuvieron los dividendos durante algún tiempo –añadió–, creo que nunca bajaron del cien por cien; pero el banco estaba en el otro extremo del mundo y, por lo que sé, pareció volatilizarse. En cualquier caso, quebró, y jamás querrá ni podrá pagar una sola moneda de seis peniques; y todas las monedas de seis peniques de Betsey estaban allÃ, y sanseacabó. ¡Cuanto menos hablemos del asunto, mejor!