David Copperfield

David Copperfield

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–Y usted, señorito… quiero decir, señor Copperfield –prosiguió Uriah–. ¡Confío en que se encuentre bien! Me alegro mucho de verlo, señor Copperfield, incluso en las actuales circunstancias –y no lo puse en duda, pues parecía disfrutar con ellas–. No son las circunstancias que los amigos desearían para usted, señor Copperfield, pero no es el dinero lo que hace a un hombre: es… lo cierto es que con mi humilde inteligencia soy incapaz de expresarlo –dijo Uriah, con aire servil–, pero ¡no es el dinero!

Al decir esto, me estrechó la mano; pero no del modo habitual, sino quedándose a bastante distancia, y subiendo y bajando mi mano, como el manubrio de una bomba que le inspirara cierto temor.

–Y ¿cómo nos encuentra a nosotros, señorito… quiero decir, señor Copperfield? –inquirió Uriah, adulador–. ¿No cree que el señor Wickfield tiene un aspecto inmejorable? El paso de los años no parece reflejarse en nuestro bufete, señorito Copperfield, excepto para elevar a los humildes, es decir, a mi madre y a mí…, y para aumentar –añadió, como si se le hubiera ocurrido más tarde– la belleza, concretamente de la señorita Agnes.

Se retorció de un modo tan intolerable después de ese cumplido que mi tía, que continuaba mirándole fijamente, perdió la paciencia.


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