David Copperfield

David Copperfield

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–¡El diablo se lleve a ese hombre! –exclamó con severidad–. ¿Qué le pasa? ¿Acaso le han aplicado corrientes galvánicas?[75]

–Le ruego que me perdone, señorita Trotwood –repuso Uriah–; comprendo que esté un poco nerviosa.

–¡Cállese de una vez, señor! –exclamó mi tía, muy agitada–. ¡Ni se le ocurra decir eso! No estoy nada nerviosa. Si es usted una anguila, señor, compórtese como tal. Si es usted un hombre, ¡controle sus brazos y sus piernas! ¡Dios mío! –añadió, furiosa–. ¡No permitiré que una especie de serpiente… o de sacacorchos… me saque de mis casillas!

Aquella explosión de ira dejó al señor Heep, y cualquiera se habría sentido como él, bastante turbado; y su efecto se vio agudizado por la indignación con que mi tía se agitaba en la silla y movía la cabeza, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre él. No obstante, me llevó aparte para decirme con voz sumisa:




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