David Copperfield

David Copperfield

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Estuvimos conversando, una hora o dos, de los viejos y felices días que pasamos en Canterbury. El señor Wickfield, en manos de Agnes, no tardó en ser el mismo de antes; a pesar de cierto abatimiento que jamás le abandonaba. Con todo, pareció animarse; y escuchó con evidente placer los pequeños incidentes de nuestra vida pasada, muchos de los cuales recordaba muy bien. Nos dijo que estar a solas con Agnes y conmigo era como volver a aquellos tiempos que ojalá no hubiesen cambiado nunca. Estoy seguro de que el rostro sereno de Agnes y el simple contacto de su mano en el brazo de su padre ejercían una influencia milagrosa sobre él.

Mi tía (que andaba muy atareada con Peggotty, mientras tanto, en la habitación contigua) no quiso ir con ellos hasta su lugar de alojamiento, pero insistió en que fuera yo; y así lo hice. Cenamos juntos; y luego Agnes se sentó junto a su padre, como antaño, y le sirvió el vino. Sólo bebió el que ella le ofreció, ni una gota más, como si fuera un niño; y los tres nos sentamos junto a la ventana para contemplar la luz del crepúsculo. Cuando era casi de noche, el señor Wickfield se tendió en un sofá, y Agnes le puso un cojín bajo la cabeza y se inclinó unos instantes sobre él; al regresar a mi lado, la oscuridad no me impidió ver el brillo de las lágrimas en sus ojos.


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