David Copperfield
David Copperfield ¡Quiera el Cielo que yo no olvide jamás el amor y la lealtad de la adorable muchacha en aquella época de mi vida! Pues, si eso ocurriera, mi fin estarÃa muy próximo y entonces desearÃa con más intensidad que nunca acordarme de ella. Me hizo albergar tan buenos propósitos, fortaleció de tal modo mi debilidad con su ejemplo, y guió con tanta sabidurÃa (no se cómo, pues era demasiado dulce y modesta para darme largos consejos) mi inquieto ardor y mi falta de determinación que creo poder afirmar solemnemente que le debo el poco bien que he hecho y todo el daño que he dejado de hacer.
Sentada junto a la ventana, en la oscuridad, me habló de Dora; escuchó mis elogios de ella; se deshizo también en alabanzas; y arrojó sobre su figurita de hada algunos rayos de su resplandeciente luz que la convirtieron en algo más precioso e inocente ante mis ojos. ¡Oh, Agnes, hermana de mi niñez, si yo hubiera sabido entonces lo que supe mucho después!…
HabÃa un mendigo en la calle cuando bajé; y, al volver la cabeza hacia la ventana, recordando los ojos tranquilos y angelicales de Agnes, no pude evitar sobresaltarme cuando éste murmuró, como si fuera un eco de la mañana:
–¡Ciego! ¡Ciego! ¡Ciego!