David Copperfield
David Copperfield Era tal mi entusiasmo que lamenté que mi abrigo no estuviera ya un poco raído. Quería verme cortando aquellos árboles del bosque de las dificultades, en unas circunstancias que mostraran mi fortaleza. Me dieron ganas de pedirle a un anciano con anteojos metálicos, que picaba piedras en la carretera, que me dejara un momento su martillo para empezar a abrir un camino de granito que me condujera hasta Dora. Me acaloré hasta tal punto y llegué a jadear de tal modo que tuve la impresión de que ya había ganado no sé cuánto. En ese estado, entré en una casita de campo que se alquilaba y la inspeccioné a fondo…, pues sentía la necesidad de ser muy práctico. Era de lo más adecuada para Dora y para mí: tenía un pequeño jardín delantero donde Jip podría corretear y ladrar a los repartidores a través de la verja, y una magnífica habitación para mi tía en el piso superior. Salí más acalorado y apresurado que nunca, y me dirigí a Highgate a tal velocidad que llegué con una hora de anticipación; y, aunque no hubiera sido así, habría tenido que pasear un rato para serenarme, antes de estar nuevamente presentable.