David Copperfield
David Copperfield Mi primera preocupación, después de todos esos preparativos tan necesarios, era encontrar la casa del doctor. No estaba en la zona de Highgate donde vivía la señora Steerforth, sino en el otro extremo del pequeño pueblo. Cuando descubrí esto, una fuerza irresistible me empujó a volver a una callejuela cercana a la casa de mi antiguo compañero y a mirar por encima de la tapia del jardín. Los postigos de su dormitorio estaban cerrados. Las puertas del invernadero se hallaban abiertas y Rosa Dartle, con la cabeza al descubierto, avanzaba con paso rápido e impetuoso por el sendero de gravilla que había a un lado del césped. Me recordó a algo salvaje que arrastrara sin cesar, de un lado a otro del trillado camino, la cadena que lo tenía sujeto.
Abandoné sin hacer ruido mi puesto de observación y, alejándome de esa parte del vecindario, pesaroso por haberme acercado a ella, seguí paseando por los alrededores hasta las diez de la mañana. La iglesia de afilado campanario[76] que ahora se alza en la cima de la colina no estaba todavía allí para decirme la hora. Una antigua mansión de ladrillo, que servía de escuela, ocupaba su lugar; un edificio tan hermoso, en mis recuerdos, que debía haber sido una suerte asistir a sus clases.