David Copperfield
David Copperfield Cuando me acerqué a la casa del doctor (que también era antigua y muy bonita, y en la que parecía haberse gastado bastante dinero, a juzgar por las recientes reformas y mejoras que se advertían en ella), lo vi pasear por un lado del jardín, con sus polainas y todo, como si no hubiera dejado de andar desde los tiempos en que yo era su alumno. Seguía, asimismo, rodeado de sus viejos compañeros, pues había muchos árboles de gran tamaño en la vecindad, y dos o tres grajos sobre la hierba, con la vista clavada en él, como si los grajos de Canterbury les hubieran escrito para hablarles del doctor y, por ese motivo, quisieran observarlo atentamente.
Consciente de que jamás lograría atraer su atención a esa distancia, me tomé la libertad de abrir la puerta del jardín y de seguirle, a fin de que me viera al darse la vuelta. Cuando lo hizo, y vino a mi encuentro, me miró distraído durante unos segundos, evidentemente pensando en otra cosa; mas no tardó en reflejarse una alegría extraordinaria en su rostro, y me cogió las dos manos.
–Mi querido Copperfield –exclamó el doctor–, ¡está hecho un hombre! ¿Cómo se encuentra? Me siento tan dichoso de verlo. Mi querido Copperfield, ¡cómo ha cambiado! Está usted verdaderamente… sí… ¡Dios mío!
Le dije que esperaba que tanto él como la señora Strong estuvieran bien.