David Copperfield
David Copperfield –Y ahora, mi querido Copperfield –continuó el doctor, andando de un lado a otro con la mano en mi hombro y animándome con su mirada bondadosa–, hablemos de su ofrecimiento. Me complace muchÃsimo, desde luego. Pero ¿no cree que podrÃa aspirar a algo mejor? Fue un alumno brillante mientras estuvo con nosotros. Puede hacer cosas verdaderamente importantes. Ha sentado los cimientos para cualquier edificio que desee levantar; ¿acaso no es una pena que dedique la primavera de su vida a una ocupación tan modesta como la que yo puedo ofrecerle?
Volvió a encenderse mi entusiasmo y, con un estilo bastante grandilocuente, me temo, insistà en que aceptara mi demanda, recordando al doctor que ya tenÃa una profesión.
–¡Está bien, está bien! –me respondió–. Tiene razón. Es cierto que el hecho de tener una profesión y de estar preparándose para ejercerla cambia las cosas. Pero, querido amigo, ¿qué son setenta libras anuales?
–Significan duplicar nuestros ingresos, doctor Strong –contesté.