David Copperfield

David Copperfield

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–¿De veras? –exclamó–. ¡Quién lo hubiera imaginado! No es que vaya a pagarle estrictamente setenta libras, tenía pensado ofrecer una gratificación al joven amigo que ocupara este cargo. ¡Indudablemente! –prosiguió, sin dejar de andar de un lado a otro con la mano en mi hombro–. Siempre he querido ofrecerle una gratificación anual.

–Mi querido profesor –dije (esta vez sin la menor grandilocuencia)–, jamás podré agradecerle bastante los favores que ya le debo…

–No, no –me interrumpió–. ¡Nada de eso!

–Si mis horas libres son suficiente para usted, es decir, por las mañanas muy temprano y al atardecer, y cree que el trabajo vale setenta libras al año, no tengo palabras para expresar lo valiosa que será su ayuda.

–¡Dios mío!–exclamó, lleno de ingenuidad–. ¡Pensar que algo tan pequeño pueda tener tanta importancia! Pero, si le ofrecen algo mejor, lo aceptará, ¿no es cierto? Prométamelo ahora mismo –insistió el doctor, que siempre apelaba a nuestro honor con gran seriedad cuando éramos muchachos.

–Se lo prometo, señor –repuse, al igual que en el colegio.

–¡De acuerdo entonces! –dijo, dándome una palmada en el hombro y dejando su mano allí, mientras seguíamos andando por el jardín.


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