David Copperfield
David Copperfield ¿Y qué otra cosa podía ser? Sus bolsillos estaban tan llenos de él como su cabeza. El diccionario emanaba de todo su ser. Me contó que, desde que había dejado la enseñanza, había avanzado prodigiosamente; y que nada podía convenirle más que mi propuesta de trabajar por la mañana temprano y al atardecer, ya que tenía la costumbre de pasearse y meditar durante el resto del día. Sus papeles estaban algo desorganizados, ya que el señor Jack Maldon le había ofrecido últimamente y de manera esporádica sus servicios como secretario, oficio con el que no estaba familiarizado; pero no tardaríamos en ponerlos en orden, y todo iría a las mil maravillas. Más tarde, cuando nos metimos en faena, me di cuenta de que los esfuerzos del señor Jack Maldon resultaban más engorrosos de lo que yo había esperado, ya que no se había limitado a cometer innumerables errores, sino que había dibujado tal cantidad de soldados y de cabezas de mujer en el manuscrito del doctor que a menudo me encontraba perdido en verdaderos laberintos de oscuridad.