David Copperfield

David Copperfield

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Habían retrasado el desayuno por mí, y los tres nos sentamos en la mesa. Apenas habían transcurrido unos minutos cuando leí en el rostro de la señora Strong que alguien se acercaba, antes de haber percibido el menor sonido. Un jinete llegó a la verja de la entrada y, sujetando el caballo por las bridas, lo metió en el pequeño patio, como si estuviera en su casa; lo ató a una argolla que había en la pared de la cochera, que estaba vacía, y entró en el comedor donde desayunábamos, con la fusta en la mano. Era el señor Jack Maldon; y la India no le había sentado nada bien, pensé. Por aquel entonces, sin embargo, yo miraba con intransigencia a todos los jóvenes que no se dedicaban a cortar árboles en el bosque de las dificultades; y mi impresión debe interpretarse con las debidas reservas.

–¡El señor Jack Maldon! –dijo el doctor–. ¡Copperfield!

El señor Jack Maldon me estrechó la mano, pero sin demasiada cordialidad, según me pareció; y con un aire de indolente superioridad, que secretamente me molestó. No obstante, su languidez era digna de verse, excepto cuando se dirigía a su prima Annie.

–¿Ha desayunado esta mañana, Jack? –inquirió el doctor.

–Casi nunca tomo nada por las mañanas, señor –replicó, con la cabeza recostada en el respaldo del sillón–. Es algo que me aburre.


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