David Copperfield

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En una mesa junto a la ventana que daba a Buckingham Street, colocamos el trabajo que Traddles le había proporcionado, y que consistía en realizar no sé cuántas copias de un documento legal sobre cierta servidumbre de paso; en otra mesa, dejamos el último manuscrito inacabado de su gran memorial. Las instrucciones que dimos al señor Dick fueron que copiase exactamente lo que tenía ante sí, sin apartarse lo más mínimo del original; y que, cuando sintiera la necesidad de mencionar al rey Carlos I, se acercará rápidamente al memorial. Le exhortamos a ser muy firme en eso, y lo dejamos bajo la vigilancia de mi tía. Ésta nos contó después que, al principio, parecía un hombre que tocase los timbales, y que su atención estaba constantemente dividida entre las dos mesas; sin embargo, al percatarse de cuánto le confundía y fatigaba aquello y ver la copia ante sus ojos, no tardó en sentarse a trabajar en ella con eficiencia y seriedad, dejando el memorial para mejor ocasión. En una palabra, aunque tuvimos mucho cuidado de que no se cansara demasiado, y aunque empezó su nueva ocupación a mediados de semana, cuando llegó el sábado había ganado diez chelines y nueve peniques; y jamás olvidaré mientras viva sus idas y venidas por todas las tiendas de la vecindad para cambiar aquel tesoro por monedas de seis peniques, o el modo en que se las llevó a mi tía en una bandeja, después de colocarlas en forma de corazón, con los ojos llenos de lágrimas de alegría y orgullo. Desde el momento en que se sintió útil, pareció caer bajo el hechizo de una influencia beneficiosa; y, si hubo ese sábado por la noche un hombre feliz en el mundo, fue aquel ser agradecido que consideraba a mi tía la más maravillosa de las mujeres y a mí el más maravilloso de los jóvenes.


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