David Copperfield
David Copperfield –Soy consciente, mi querido señor Copperfield –continuó diciendo ella–, de que estoy a punto de establecerme entre extraños; y de que varios miembros de mi familia, a los que el señor Micawber ha escrito en los términos más corteses para darles la noticia, han hecho caso omiso de su comunicación. Puede que yo sea supersticiosa –añadió–, pero tengo la impresión de que la mayorÃa de las cartas que envÃa mi marido están condenadas a no tener respuesta. PodrÃa augurar, por el silencio de mis familiares, que ellos se oponen a mi decisión; pero no dejaré que nadie me aparte del camino del deber, señor Copperfield, ni siquiera papá y mamá, si estuvieran con vida.
Expresé mi opinión de que obraba correctamente.
–Tal vez sea un sacrificio –prosiguió– encerrarse en una ciudad catedralicia; pero si lo es para mÃ, señor Copperfield, mucho más lo será para un hombre de la valÃa del señor Micawber.
–¡Oh! ¿Van a vivir en una ciudad catedralicia? –pregunté.
El señor Micawber, que habÃa estado sirviéndonos el ponche, contestó:
–En Canterbury. Lo cierto, mi querido Copperfield, es que he llegado a un acuerdo con nuestro amigo Heep, y me he comprometido a ayudarle y servirle en calidad de… secretario particular.