David Copperfield
David Copperfield –Lo que sobre todo le pido a mi marido, querido señor Copperfield –dijo–, es que, al dedicarse a esta rama secundaria de la ley, tenga cuidado de no perder la oportunidad de ascender, en última instancia, hasta la copa del árbol. Estoy convencida de que, si el señor Micawber se dedica en cuerpo y alma a una profesión que se adapta tan bien a su vivaz ingenio y a su facilidad de palabra, acabará destacando en ella. Por ejemplo, señor Traddles –exclamó con enorme seriedad–, el cargo de juez o incluso de canciller; ¿sabe si un hombre que acepta un trabajo como el del señor Micawber puede ocupar más tarde esos importantes puestos?
–Querida –puntualizó su marido, aunque observando con curiosidad a Traddles–, tenemos mucho tiempo por delante para pensar en esas cuestiones.
–Micawber –repuso ella–, ¡no! Tu equivocación en la vida es no mirar suficientemente lejos. Para ser justo con tu familia, ya que no quieres serlo contigo mismo, estás obligado a abarcar con la mirada el punto más lejano del horizonte al que tus facultades puedan llevarte.
El señor Micawber tosió y bebió su ponche con aire sumamente complacido, sin dejar de contemplar a Traddles, como si deseara conocer su opinión.
–La realidad, señora Micawber –contestó Traddles, revelándole suavemente la verdad–, por prosaica que pueda parecer…