David Copperfield
David Copperfield Y creo que habría desistido de mi empeño si no hubiera sido por Dora, que era el estay y el ancla de mi barco agitado por la tempestad. Cada signo del método era un roble nudoso en el bosque de las dificultades, y yo seguía derribándolos uno tras otro, con tanto ardor que en tres o cuatro meses estuve en condiciones de realizar un experimento con uno de nuestros mejores oradores de los Commons. Nunca olvidaré el modo en que el brillante orador se retiró, antes de que yo hubiera podido siquiera empezar, ¡dejando mi estúpido lápiz bamboleándose sobre el papel como si le hubiera dado un ataque!
Aquello no podía funcionar, era evidente. Estaba volando demasiado alto y, de ese modo, jamás llegaría a ningún sitio. Pedí consejo a Traddles, y éste me propuso dictarme él mismo los discursos, sin correr, deteniéndose de vez en cuando para adaptarse a mi ritmo. Muy agradecido por su amable ayuda, acepté el ofrecimiento; y, durante mucho tiempo, tuvimos casi todas las noches una especie de Parlamento privado en Buckingham Street después de que yo volviera de casa del doctor.