David Copperfield

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¡Me gustaría ver un Parlamento como aquél en cualquier otro lugar! Mi tía y el señor Dick representaban al gobierno o a la oposición (según el caso) y Traddles, con la ayuda de El orador de Enfield[81] o de un volumen de discursos parlamentarios, lanzaba las invectivas más asombrosas contra ellos. De pie, al lado de la mesa, con el dedo izquierdo en el libro para no perder la página, agitando la mano derecha por encima de la cabeza, Traddles, en el papel del señor Pitt, del señor Fox, del señor Sheridan, del señor Burke, de lord Castlereagh, del vizconde Sidmouth o del señor Canning, se exaltaba en grado extremo y acusaba violentamente a mi tía y al señor Dick de libertinaje y de corrupción; yo, mientras tanto, sentado a escasa distancia con el cuaderno en las rodillas, intentaba con toda el alma seguirle. La inconsistencia y la temeridad de Traddles no habría podido superarlas ningún político real. En el transcurso de una semana, era capaz de defender las más variadas opiniones políticas y de enarbolar cualquier bandera. Mi tía, con el aire imperturbable de un ministro de Hacienda, le interrumpía de vez en cuando con un «¡Bravo!», un «¡No!» o un «¡Oh!», siempre que el texto parecía exigirlo; y, a esa señal, el señor Dick (un perfecto caballero de provincias) profería con voz poderosa el mismo grito. Pero el señor Dick se vio acusado de tantas cosas a lo largo de su carrera parlamentaria, y se le hizo responsable de tantas atrocidades, que a veces sentía un gran desasosiego. Creo que empezó a asustarle la idea de haber hecho realmente algo que contribuyera a abolir la constitución británica y a llevar al país a la ruina.


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