David Copperfield
David Copperfield Si no hubiese adivinado esto mientras nos dirigíamos al café, no hay duda de que lo habría comprendido cuando le seguí a una habitación del piso superior y encontré a la señorita Murdstone, delante de un aparador donde había varios vasos boca abajo sujetando unos limones, y dos de aquellas extraordinarias cajas, llenas de ranuras y de esquinas, que servían para guardar cuchillos y tenedores y que, afortunadamente para la humanidad, hoy en día están pasadas de moda.
La señorita Murdstone me dio sus frías uñas y continuó sentada muy seria y erguida. El señor Spenlow cerró la puerta, me señaló una silla y se quedó en pie delante de la chimenea.
–Tenga la bondad de enseñar al señor Copperfield –dijo el señor Spenlow– lo que tiene en su ridículo, señorita Murdstone.
Creo que se trataba del mismo bolsito metálico de mi niñez, el que parecía cerrarse dando una dentellada. Apretando los labios, en consonancia con el chasquido, la señorita Murdstone lo abrió (al mismo tiempo que abría la boca) y sacó de él mi última carta a Dora, repleta de expresiones del más tierno afecto.
–Se trata de su letra, ¿no es así, señor Copperfield? –exclamó el señor Spenlow.
Yo estaba muy acalorado y apenas reconocí mi voz cuando respondí:
–¡En efecto, señor!