David Copperfield

David Copperfield

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–Si no me equivoco, señor Copperfield –prosiguió el señor Spenlow, mientras la señorita Murdstone sacaba de su bolsito un paquete de cartas atadas con una preciosa cinta azul–, también éstas han salido de su pluma.

Las cogí con un sentimiento terrible de desolación; y echando un vistazo a algunos de los encabezamientos, como «Dora de mi alma», «Ángel mío», «Mi siempre adorada», me puse rojo como la grana y bajé la cabeza.

–¡No, gracias! –dijo el señor Spenlow con frialdad, cuando se las devolví mecánicamente–. No quiero privarle de ellas. Señorita Murdstone, tenga la bondad de continuar.

La amable criatura, después de contemplar pensativa la alfombra durante unos segundos, prosiguió secamente:

–He de confesar que, desde hace algún tiempo, albergaba ciertas sospechas de que ocurría algo entre la señorita Spenlow y el señor Copperfield. Les había observado en su primer encuentro, y mi impresión no había sido buena. La perversidad del corazón humano es tan…

–Le agradeceré, señora –interrumpió el señor Spenlow–, que se limite a relatar los hechos.


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