David Copperfield

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La señorita Murdstone bajó los ojos, movió la cabeza en señal de protesta contra aquella desconsiderada interrupción y, poniéndose muy digna, añadió con el ceño fruncido:

–Puesto que debo limitarme a relatar los hechos, me extenderé lo menos posible. Tal vez esta forma de proceder se considere aceptable. Como he dicho antes, señor, sospechaba que había algo entre la señorita Spenlow y el señor Copperfield desde hace algún tiempo. Con frecuencia he buscado una prueba que confirmara mis sospechas, pero en vano. Por ese motivo, me abstuve de decir nada al padre de la señorita Spenlow –señaló, mirando severamente a éste–, consciente de la poca disposición que hay en semejantes casos para agradecer el fiel cumplimiento del deber.

El señor Spenlow pareció intimidado por la noble gravedad de la señorita Murdstone y, para paliar su enfado, hizo un gesto conciliador con la mano.

–A mi regreso a Norwood, después del período de ausencia ocasionado por el matrimonio de mi hermano, me di cuenta de que la conducta de la señorita Spenlow, que acababa de pasar unos días en casa de la señorita Mills, resultaba mucho más sospechosa que antes. Así que decidí vigilarla estrechamente.

Mi dulce y querida Dora, ¿cómo iba ella a sospechar que el ojo del dragón la observaba?


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