David Copperfield

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–Sin embargo –prosiguió la señorita Murdstone–, no encontré la menor prueba hasta ayer por la noche. Tenía la impresión de que la señorita Spenlow recibía demasiadas cartas de su amiga la señorita Mills; pero como esta amistad contaba con la aprobación de su padre –otro pequeño ataque contra el señor Spenlow–, no me correspondía intervenir. Si no se me permite aludir a la perversidad natural del corazón humano, espero que al menos se me permita… es mi deber… hablar de una confianza depositada en quien no la merece.

El señor Spenlow asintió con aire contrito.

–Ayer por la tarde, después del té –continuó la señorita Murdstone–, observé que el perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, jugando con algo. Le dije a la señorita Spenlow: «Dora, ¿qué tiene el perro en la boca? Un papel»; y ella se llevó inmediatamente la mano al vestido, dejó escapar un grito y corrió hacia el perro. Yo me interpuse y exclamé: «Dora, querida, déjame a mí».

¡Oh, Jip, spaniel miserable, eres tú entonces el causante de nuestro infortunio!


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