David Copperfield
David Copperfield –No permitiré –exclamó, con creciente devoción y moviendo muy despacio la cabeza mientras se balanceaba alternativamente sobre la punta de los pies y los talones– que cuanto he dispuesto en favor de mi hija se vea influenciado por un acto de locura juvenil como éste. No es más que una locura. No tiene el menor sentido. En poco tiempo, se desvanecerá en el aire. Pero yo podrÃa… si este estúpido asunto persistiera… verme forzado, en algún momento de inquietud, a proteger a mi hija y a ponerla al abrigo de las consecuencias de cualquier paso alocado que pudiera dar en dirección al matrimonio. Y ahora, señor Copperfield, confÃo en que no me obligue a abrir, ni siquiera durante un cuarto de hora, esa página cerrada en el libro de la vida, y a deshacer, ni siquiera durante un cuarto de hora, graves asuntos hace mucho tiempo dirimidos.
Toda su persona reflejaba una serenidad, una paz y un aire de calma crepuscular que me emocionaron. Se mostraba tan tranquilo y resignado –era evidente que sus asuntos estaban en perfecto orden, sistemáticamente organizados– que resultaba conmovedor contemplarlo. Creo que llegué a ver lágrimas en sus ojos, de lo profundos que eran sus sentimientos al respecto.