David Copperfield
David Copperfield Pero ¿qué podía hacer yo? No podía renunciar a Dora ni a mi propio corazón. Cuando el señor Spenlow me aconsejó que me tomara una semana para reflexionar, ¿cómo iba a negarme, aunque supiera que un número infinito de semanas no podrían cambiar un amor como el mío?
–Mientras tanto, hable de todo esto con la señorita Trotwood o con alguna otra persona que tenga experiencia en la vida –señaló, ajustándose la corbata con las dos manos–. Tómese una semana, señor Copperfield.
Me plegué a sus deseos; y, esforzándome por reflejar en mi rostro la constancia desesperada de mi amor, salí de la habitación. Las pobladas cejas de la señorita Murdstone me siguieron hasta la puerta (y si hablo de sus cejas y no de sus ojos es porque eran mucho más relevantes en su cara); y su aspecto era tan parecido al que había tenido antaño, a esa hora de la mañana, en nuestra sala de Blunderstone, que habría podido creer que había vuelto a equivocarme en mis lecciones, y que el peso que me abrumaba era aquel horrible libro de ortografía con grabados en forma de óvalo que, en mi imaginación juvenil, se asemejaban a los cristales de unas gafas.