David Copperfield
David Copperfield Cuando llegué a la oficina y, haciendo un gesto con la mano al viejo Tiffey y a los demás escribientes para que no me molestaran, me senté en mi mesa de trabajo, en mi pequeño rincón, para pensar en la catástrofe inesperada que acababa de producirse y para maldecir a Jip con toda la amargura de mi alma, el recuerdo de Dora empezó a atormentarme de tal modo que me sorprende que no cogiera el sombrero y corriese como un loco hacia Norwood. La idea de que la habían asustado, de que la habían hecho llorar, y de que yo no estaba a su lado para consolarla, me resultaba tan insoportable que no pude evitar escribir una carta de lo más insensata al señor Spenlow, suplicándole que no le hiciera pagar a ella las consecuencias de mi cruel destino. Le imploraba que evitase el sufrimiento de aquella dulce criatura y que no aplastara aquella delicada flor, dirigiéndome a él, por lo que recuerdo, como si, en vez de su padre, hubiera sido un ogro o el dragón de Wantley.[82] Cerré la carta y, antes de que volviera, la dejé encima de su mesa; cuando entró en el despacho pude ver, por la puerta entreabierta, cómo la cogía y la leía.