David Copperfield
David Copperfield ¡Lo único! En la nota que escribí a la señorita Mills, cité amargamente este sentimiento. Lo único que tenía que hacer, repetí con triste sarcasmo, era olvidar a Dora. Eso era todo, ¿y qué era eso? Le pedí a la señorita Mills que me recibiera aquella misma noche. Si no podía hacerlo con el consentimiento y la presencia de su padre, le suplicaba que se entrevistara conmigo a escondidas en la antecocina, donde estaba la calandria para planchar la ropa blanca. Le dije que mi cordura se tambaleaba en su trono y que sólo ella, la señorita Mills, podía evitar que fuera derrocada. Terminé la carta con un «desesperadamente suyo» y, cuando la releí, antes de entregársela a un mensajero, no pude sino pensar que parecía salida de la pluma del señor Micawber.
Sin embargo, la envié. Al anochecer, me dirigí a la calle de la señorita Mills y estuve paseando por ella hasta que su doncella salió sigilosamente a buscarme y me condujo por el patio trasero hasta la antecocina. Después he tenido razones para pensar que el único motivo que me impidió entrar por la puerta principal y ser recibido en el salón fue el amor de la señorita Mills por todo lo romántico y lo misterioso.