David Copperfield

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En la antecocina, me abandoné a la desesperación. Supongo que fui allí para hacer el ridículo, y estoy convencido de que lo conseguí. La señorita Mills había recibido una nota escrita con precipitación en la que Dora le explicaba que se había descubierto todo y le suplicaba: «¡Oh, Julia, ven, ven, te lo ruego!». Pero la señorita Mills, temiendo que su presencia no fuera bien recibida por las autoridades de la casa, todavía no había ido. ¡Y ahí estábamos todos sin saber qué hacer en medio del desierto del Sáhara!

La señorita Mills tenía una sorprendente facilidad de palabra, y le gustaba dar curso a su elocuencia. No pude dejar de sentir, a pesar de que sus lágrimas se mezclaron con las mías, que se regodeaba en nuestras desgracias. Las mimaba, por decirlo de algún modo, para sacar el máximo partido de ellas. Me dijo que se había abierto un profundo abismo entre Dora y yo, y que sólo el arco iris del Amor podría franquearlo. El Amor debía sufrir en este mundo sombrío; siempre había sido así, y siempre lo sería. Pero daba lo mismo, aseguró. Los corazones acabarían rompiendo las telas de araña que los aprisionaban y entonces el Amor quedaría vengado.




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