David Copperfield
David Copperfield No fue un gran consuelo, pero la señorita Mills no quería que albergara falsas esperanzas. Me hizo sentir mucho más desgraciado que antes, y comprendí (y así se lo dije sumamente agradecido) que era una verdadera amiga. Decidimos que ella iría a visitar a Dora a primera hora de la mañana, y que encontraría el modo de transmitirle, ya fuera con palabras o con la mirada, todo mi amor y mi abatimiento. Nos despedimos abrumados por el dolor; y estoy convencido de que la señorita Mills disfrutó con ello enormemente.
Se lo conté todo a mi tía al llegar a casa; y, a pesar de cuanto pudo decirme, me acosté desesperado. Me levanté desesperado, y salí de casa desesperado. Era sábado por la mañana y fui directamente a los Commons.
Al acercarme a nuestra oficina, me extrañó ver a los conserjes hablando delante de la puerta y a media docena de curiosos mirando por las ventanas, que estaban cerradas. Aceleré el paso y, abriéndome camino entre ellos, intrigado, entré presuroso.
Los escribientes se encontraban allí, pero nadie trabajaba. El viejo Tiffey, quizá por primera vez en su vida, estaba sentado en el taburete de otro empleado y no había colgado su sombrero.
–¡Qué terrible desgracia, señor Copperfield! –exclamó al verme entrar.