David Copperfield
David Copperfield SentÃa tan profundamente lo que decÃa y estaba tan emocionado que mi voz se quebró y, ocultando el rostro entre las manos, rompà a llorar. Sólo escribo la verdad. No sabÃa nada de las contradicciones e inconsecuencias que habÃa en mi interior, asà como en el de la mayorÃa de los hombres; de las cosas que hubieran podido ser distintas, y mucho mejores de lo que eran; de las veces que me habÃa negado a escuchar la voz de mi propio corazón. Sólo sabÃa que, cuando Agnes estaba a mi lado, yo experimentaba un profundo sentimiento de paz.
No tardó en tranquilizarme con sus ademanes apacibles y fraternales, con el brillo de sus ojos, con la dulzura de su voz, y con la serenidad que emanaba de todo su ser y que mucho tiempo atrás habÃa convertido en sagrada para mà la casa donde ella habitaba; y empecé a contarle lo que habÃa ocurrido desde nuestro último encuentro.
–Y eso es todo, Agnes –exclamé, cuando acabé mis confidencias–. Ahora cuento contigo.
–Pero no tienes que contar conmigo, Trotwood –replicó Agnes con una encantadora sonrisa–. Tienes que contar con otra persona.
–¿Con Dora? –inquirÃ.
–Por supuesto.