David Copperfield

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–Lo que no te he dicho, Agnes –añadí con cierta turbación–, es que resulta bastante difícil… y no quisiera por nada del mundo decir que resulta bastante difícil contar con Dora, pues es la viva imagen de la pureza y de la lealtad… pero… la verdad es que no sabría cómo expresarlo, Agnes. Es una criatura tan tímida, nerviosa y asustadiza. Hace algún tiempo, antes de la muerte de su padre, cuando creí llegado el momento de decirle… pero será mejor que te explique lo ocurrido, si tienes la paciencia de escucharme.

Y le describí el momento en que le había confesado mi pobreza, y le hablé del manual de cocina, de las cuentas de la casa y de todo lo demás.

–¡No has cambiado nada, Trotwood! –protestó, sonriendo–. Podías haber seguido luchando para abrirte camino en el mundo sin ser tan brusco con una muchacha tímida, inocente y cariñosa. ¡Pobre Dora!

Jamás había oído una voz que expresara tanta bondad y tanta dulzura como la suya al darme esa respuesta. Era como si la hubiese visto abrazar a Dora con ternura y admiración, reprochándome tácitamente, con su generosa protección, el haberme apresurado demasiado a turbar su corazoncito. Era como si hubiese visto a Dora, con toda su fascinante ingenuidad, besar a Agnes, darle las gracias, implorar mimosamente su apoyo contra mí, sin dejar de amarme con toda su infantil inocencia.


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