David Copperfield
David Copperfield –No es propia de ti porque una de tus caracterÃsticas es la franqueza –señaló–; por ese motivo, yo escribirÃa a esas dos damas. Les explicarÃa con toda la sencillez y la claridad posibles lo sucedido, y les pedirÃa permiso para visitar de vez en cuando su casa. Teniendo en cuenta que eres joven y estás luchando por abrirte camino en la vida, creo que convendrÃa añadir que estás dispuesto a aceptar cualquier condición que deseen imponerte. Les rogarÃa, asimismo, que no rechazasen tu petición sin hablar antes con Dora, y que eligieran para ello el momento oportuno. No me mostrarÃa demasiado apasionado –concluyó Agnes, cariñosamente–, ni les exigirÃa demasiado. ConfiarÃa en mi fidelidad, en mi perseverancia… y en Dora.
–Pero, Agnes –exclamé–, ¿y si volvieran a asustar a Dora al mencionar mi nombre? ¿Y si Dora empezase a llorar y no dijera nada de m�
–¿Te parece probable? –preguntó Agnes, tan comprensiva como siempre.
–¡Pobre! ¡Se asusta con la misma facilidad que un pajarillo! –afirmé–. ¡PodrÃa ocurrir! ¿Y si las dos señoritas Spenlow (las damas de cierta edad son a veces bastante maniáticas) no fueran las personas indicadas para recibir una carta de esa naturaleza?