David Copperfield
David Copperfield –No creo, Trotwood –contestó Agnes, mirándome con dulzura–. Pero yo me olvidarÃa de eso. Quizá lo único que deberÃas pensar es si es correcto o no actuar asÃ; y en caso afirmativo, lanzarte.
Mis dudas al respecto se disiparon. Mucho más alegre, aunque dominado por el sentimiento de la importancia capital de mi tarea, decidà consagrar la tarde a redactar un borrador, ocupación para la que Agnes me cedió su escritorio. Pero antes bajé a ver al señor Wickfield y a Uriah Heep.
Encontré a Uriah instalado en un nuevo despacho, construido en el jardÃn, que aún olÃa a yeso; tenÃa un aspecto sumamente ruin, en medio de tantos libros y papeles. Me recibió con su servilismo habitual y fingió no haberse enterado de mi llegada por el señor Micawber, algo que me tomé la libertad de no creer. Me acompañó al despacho del señor Wickfield (que era una sombra de lo que habÃa sido, pues le habÃan despojado de muchas de sus comodidades para alojar al nuevo socio) y se quedó junto al fuego, calentándose la espalda y frotándose la barbilla con su mano huesuda mientras el señor Wickfield y yo nos saludábamos.
–¿Vivirás con nosotros durante tu estancia en Canterbury, Trotwood? –inquirió el señor Wickfield, buscando con la mirada la aprobación de Uriah.
–¿Hay sitio para m� –quise saber.